Biografía

Las palabras de sus compañeros, quizás mejor que nadie, la esencia del arte del guipuzcoano. “Es el maestro de todos nosotros”, señaló Christian Dior; “Es el arquitecto de la alta costura”, dijo de él Hubert de Givenchy; otro referente en las pasarelas como Coco Chanel le definió como el “único auténtico couturier”, ya que a diferencia de sus contemporáneos “era capaz de diseñar, cortar, montar y coser un vestido de principio a fin”.

A lo largo de su existencia, su carácter precursor quedó ya pronto de manifiesto. Así, en 1917, con solo 22 años, abrió su primer establecimiento en Donostia-San Sebastián, que tendría su continuidad en Madrid y Barcelona.

La realeza y aristocracia españolas pronto recabarían noticias de su talento y adoptarían como propios sus diseños.

La Guerra Civil Española le obligó a bajar la persiana de sus establecimientos y emigrar a París. En la capital francesa, más concretamente en la Avenida George V, inauguró su primer taller, que le serviría para abrirle las puertas de toda Europa. Corría el año 1937.

Su talento comenzaría desde entonces a recorrer el Viejo Continente y se haría más palpable a partir de 1945. Su innovador estilo cobraría vigencia en aquellos convulsos años europeos. Era su marca de identidad. Ello le llevó a comenzar a recibir llamadas y visitas de algunas de las más grandes figuras de la escena continental, como fueron los casos de Marlene Dietrich o Greta Garbo. Suyos fueron también los diseños de los vestidos de novia de la Reina Fabiola de Bélgica, entre otras ilustres representantes de la aristocracia, o las creaciones para las damas de las grandes fortunas norteamericanas.

Sin lugar a dudas, suya fue una de las mayores aportaciones a la historia de la moda: la introducción de una nueva silueta para la mujer. La ruptura con lo establecido hasta entonces cobró vida con diseños provistos de líneas fluidas y volúmenes sorprendentes. Fueron, en definitiva, líneas, modelos y diseños que marcaron una época, como la línea tonneau (1947), el look semi-entallado de 1951, las faldas balón de 1953, la túnica de 1955, el vestido saco de 1957 o el baby-doll de 1958. Fue la eclosión definitiva, la ascensión a los altares de la costura de un iconoclasta adelantado a su tiempo. Sus colegas, la industria de la moda y el público en general así lo evidenciaron con sus halagos. Incluso hoy en día, medio siglo después de aquella ruptura con el pasado, las pasarelas siguen mostrando sus propuestas.