Hace un par de semanas Ion Fiz me escribía lo siguiente “soy gran admirador de Cristóbal Balenciaga desde pequeño, para mí siempre será el Gran Maestro”. El lunes pasado, 26 de Marzo, se pudo comprobar esa admiración en el Desfile de Gala que presentó en el Museo Guggenheim Bilbao con motivo del 10º aniversario de su trayectoria profesional con la firma a la que da nombre. Varias de sus indumentarias y el espectacular vestido de novia remitían claramente al modisto de Getaria: piezas entalladas por delante y con la espalda abombada, prendas de noche con la falda a la altura de las rodillas que descendía por los laterales y caía por detrás hasta el suelo posándose en él, tipo pavo real, la mitad inferior del vestido de novia como un volumen esculpido, entre otros detalles, recordaban al que Ion Fiz califica, con acierto, como Gran Maestro.
El desfile presentó treinta piezas: 10 para el día, 10 de cóctel y 10 para la noche. La diversidad formal es probablemente el denominador común, esto es, Ion Fiz no delimita un territorio más o menos amplio y dominado por él para instalarse y extraer resultados en ese planteamiento predecible. Por el contrario, sus ideas recorren caminos muy variados con frutos que pueden calificarse como extremos por situarse en posiciones de enorme, si no total, contraste. Quizás deba entenderse que, al ser éste un desfile resumen de las ideas de diez años de trabajo, en esa pasarela confluían obras separadas por varios años de distancia, unos años en los que, por otra parte, Ion Fiz ha trabajado, investigado y ensayado, buscando y encontrando, lo mismo aquí que allí, bajo estos presupuestos y sobre aquellos otros, tanto con premisas de economía de materiales como de abundancia…
Escuché decir a alguien que la obra de Ion Fiz se caracteriza por la simplificación unida a la sofisticación. Me parece una definición demasiado… simplista. En lo de la sofisticación estoy de acuerdo aunque habría que diferenciar y matizar los distintos niveles de ser sofisticado en su trabajo, que conducen a resultados muy distintos. Estas categorías de sofisticación revelan pliegues mentales y creativos que, a veces, tienen poco que ver entre sí, y apuntan a un rico mundo de matices y enunciados. Puestos a hablar de la sofisticación de Fiz, yo diría que, sin duda, lo es, y que, además, lo es en grado complejo, como en una geometría sin ejes o un espacio sin bordes.
Por eso no comparto la idea de la simplificación. Fiz presenta creaciones que van desde las muy barroquizadas e intrincadas hasta las casi minimalistas y austeras, pero tanto las primeras como las segundas derivan de un proceso que intuyo largo, laborioso y cargado de reflexión. Quizás más cargado, incluso, en los aparentemente sencillos que en los complicados. Las largas y leves faldas campana de amplio vuelo que las modelos se encargaban, discretamente, de agitar con las manos o las chaquetas con multicapas y superposiciones en deliberado y exuberante exceso de tejido no eran más laboriosas que las indumentarias de líneas rectas y volúmenes netos y uniformes. Esa simplificación es más aparente que real. Por otra parte, el barroquismo ocasional de Ion Fiz deriva, además de por otros motivos, de la deconstrucción de las partes de cada indumentaria, las cuales terminan ocupando lugares tradicionalmente no previstos para ellas, como si una sacudida profunda hubiese desplazado, movido, desubicado cada fragmento para construir una armonía “otra”.
Los años 20 y los 50 fueron las referencias históricas, pero sin mimetismos, sino como mero trasfondo (igual que la música que sonaba) para un vestuario actual que bebía de la tradición sin renunciar a la actualidad. Gorros basados en los cascos de la aviación en aeroplanos (logo del evento) -pero que también pudieran basarse en Dior-, incrustaciones asimétricas de cuero a modo de chaquetillas de piloto, pero sin llegar a ser chaquetillas, bolsos de mano rectangulares, amplios y planos… citaban a los 20. El aeroplano como metáfora de la mujer que decide tomar su propio vuelo, independiente, es oportuna, pero yo no diría que evocan tanto los años 20 como los 30. Una geometrización post-“art-deco” se hace patente en numerosas composiciones, como -¡mira qué coincidencia!- se puede contemplar en la exposición de ilustraciones realizadas por Carlos Sáenz de Tejada durante los años 30. Brillantes azabaches (entre otras pedrerías) recorriendo ornamental y puntualmente junto a superficies de tejido liso -seda en ocasiones, lana en otras-, chaquetillas de piel que ensanchaban voluptuosamente el torso, las faldas evasé en contraste con zonas brocadas en ajustados corpiños… lo hacían con los 50.
Ion Fiz renuncia a los colores vivos e intensos, mostrando predilección por los tonos ocres y grises plomizos, un tanto indefinidos, algunos los llaman apastelados, pero no, son colores empolvados, como suavizados por una leve capa de talco cromático, como el cielo de Éibar en su infancia y juventud.






























