Ion Fiz, 10 años.

Hace un par de semanas Ion Fiz me escribía lo siguiente “soy gran admirador de Cristóbal Balenciaga desde pequeño, para mí siempre será el Gran Maestro”. El lunes pasado, 26 de Marzo, se pudo comprobar esa admiración en el Desfile de Gala que presentó en el Museo Guggenheim Bilbao con motivo del 10º aniversario de su trayectoria profesional con la firma a la que da nombre. Varias de sus indumentarias y el espectacular vestido de novia remitían claramente al modisto de Getaria: piezas entalladas por delante y con la espalda abombada, prendas de noche con la falda a la altura de las rodillas que descendía por los laterales y caía por detrás hasta el suelo posándose en él, tipo pavo real, la mitad inferior del vestido de novia como un volumen esculpido, entre otros detalles, recordaban al que Ion Fiz califica, con acierto, como Gran Maestro.

El desfile presentó treinta piezas: 10 para el día, 10 de cóctel y 10 para la noche. La diversidad formal es probablemente el denominador común, esto es, Ion Fiz no delimita un territorio más o menos amplio y dominado por él para instalarse y extraer resultados en ese planteamiento predecible. Por el contrario, sus ideas recorren caminos muy variados con frutos que pueden calificarse como extremos por situarse en posiciones de enorme, si no total, contraste. Quizás deba entenderse que, al ser éste un desfile resumen de las ideas de diez años de trabajo, en esa pasarela confluían obras separadas por varios años de distancia, unos años en los que, por otra parte, Ion Fiz ha trabajado, investigado y ensayado, buscando y encontrando, lo mismo aquí que allí, bajo estos presupuestos y sobre aquellos otros, tanto con premisas de economía de materiales como de abundancia…

Escuché decir a alguien que la obra de Ion Fiz se caracteriza por la simplificación unida a la sofisticación. Me parece una definición demasiado… simplista. En lo de la sofisticación estoy de acuerdo aunque habría que diferenciar y matizar los distintos niveles de ser sofisticado en su trabajo, que conducen a resultados muy distintos. Estas categorías de sofisticación revelan pliegues mentales y creativos que, a veces, tienen poco que ver entre sí, y apuntan a un rico mundo de matices y enunciados. Puestos a hablar de la sofisticación de Fiz, yo diría que, sin duda, lo es, y que, además, lo es en grado complejo, como en una geometría sin ejes o un espacio sin bordes.

Por eso no comparto la idea de la simplificación. Fiz presenta creaciones que van desde las muy barroquizadas e intrincadas hasta las casi minimalistas y austeras, pero tanto las primeras como las segundas derivan de un proceso que intuyo largo, laborioso y cargado de reflexión. Quizás más cargado, incluso, en los aparentemente sencillos que en los complicados. Las largas y leves faldas campana de amplio vuelo que las modelos se encargaban, discretamente, de agitar con las manos o las chaquetas con multicapas y superposiciones en deliberado y exuberante exceso de tejido no eran más laboriosas que las indumentarias de líneas rectas y volúmenes netos y uniformes. Esa simplificación es más aparente que real. Por otra parte, el barroquismo ocasional de Ion Fiz deriva, además de por otros motivos, de la deconstrucción de las partes de cada indumentaria, las cuales terminan ocupando lugares tradicionalmente no previstos para ellas, como si una sacudida profunda hubiese desplazado, movido, desubicado cada fragmento para construir una armonía “otra”.

Los años 20 y los 50 fueron las referencias históricas, pero sin mimetismos, sino como mero trasfondo (igual que la música que sonaba) para un vestuario actual que bebía de la tradición sin renunciar a la actualidad. Gorros basados en los cascos de la aviación en aeroplanos (logo del evento) -pero que también pudieran basarse en Dior-, incrustaciones asimétricas de cuero a modo de chaquetillas de piloto, pero sin llegar a ser chaquetillas, bolsos de mano rectangulares, amplios y planos… citaban a los 20. El aeroplano como metáfora de la mujer que decide tomar su propio vuelo, independiente, es oportuna, pero yo no diría que evocan tanto los años 20 como los 30. Una geometrización post-“art-deco” se hace patente en numerosas composiciones, como -¡mira qué coincidencia!- se puede contemplar en la exposición de ilustraciones realizadas por Carlos Sáenz de Tejada durante los años 30. Brillantes azabaches (entre otras pedrerías) recorriendo ornamental y puntualmente junto a superficies de tejido liso -seda en ocasiones, lana en otras-, chaquetillas de piel que ensanchaban voluptuosamente el torso, las faldas evasé en contraste con zonas brocadas en ajustados corpiños… lo hacían con los 50.

Ion Fiz renuncia a los colores vivos e intensos, mostrando predilección por los tonos ocres y grises plomizos, un tanto indefinidos, algunos los llaman apastelados, pero no, son colores empolvados, como suavizados por una leve capa de talco cromático, como el cielo de Éibar en su infancia y juventud.

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Ilustradores de Moda.

El viernes pasado, 16 de Marzo, inauguramos en Cristóbal Balenciaga Museoa la exposición La elegancia del dibujo. Crónica de París. Carlos Sáenz de Tejada, cuyo extraordinario contenido procede de la no menos espectacular colección de imágenes gráficas propiedad del Museo ABC, de Madrid, en cuya sede esta exposición fue presentada anteriormente. Las cualidades excepcionales de Sáenz de Tejada como artista van descubriéndose de unos años a esta parte y muestran a un personaje que muy poco tiene que ver con el estereotipo, falsificado y manipulado, que se nos ha transmitido de él. Hace unos años en ARTIUM pudimos conocer al dibujante que ilustró con conmovedoras imágenes impregnadas de crudo realismo social las páginas del periódico La Libertad, de carácter republicano socialista no exento de vetas sovietizantes. Más tarde la Fundación Wellington nos descubrió su faceta como ilustrador de moda para la revista Elegancias con unas estampas realizadas entre 1924 y 1926 que respiraban puro “art-deco”, sintético y ornamental, de un grafismo neto y limpio, festivo y colorista, de un cierto ingenuismo “naif”, como los mismos años 20. Ahora, ahondando en aquella faceta que se apuntaba en Elegancias, en Getaria presentamos una profusa selección de imágenes que, realizadas entre 1931 y 1937 en París a pié de pasarela, pone en evidencia el magnífico nivel que alcanzó como notario de la moda, lo que le valió trabajar para numerosas revistas especializadas de Italia, Alemania, Estados Unidos, Francia y, por supuesto, España.

A diferencia de las imágenes de Elegancias, transmisoras sobre todo del espíritu de la época, ese liviano air du temps, éstas para ABC y Blanco y Negro son mucho más detallistas y descriptivas, claramente orientadas a comunicar con precisión cómo estaban hechos los modelos de Schiaparelli, Vionnet, Chanel, Worth, Heim y otros, además de reseñar todo un catálogo de comportamientos, actitudes y gestualidades femeninas inéditas.

En todo caso, esta exposición nos sirve pare recordar a otros relevantes ilustradores de moda que trabajaron en aquella época o poco después, como Eduardo García Benito, Paul Iribe y René Gruau, cada uno de ellos dueño de un lenguaje propio y singular.

Eduardo García Benito (1891-1981), vallisoletano, ha sido el ilustrador que más portadas de Vogue a realizado a lo largo de su historia, más de ciento cincuenta entre 1921 y 1940, ejecutando no pocas también para Vanity Fair, ambas propiedad de Condé Nast. Su estilo se asemejaba al de Sáenz de Tejada en Elegancias, pero García Benito resultaba más colorista (siempre colores planos, sin matices), geométrico e intenso, por decirlo de alguna manera, más ortodoxo en la popularización que el ”art-decó” supuso del cubismo. Sus personajes eran absolutas idealizaciones y las indumentarias tan sólo pretendían dejar un aroma, no una descripción exacta. La actitud, sin embargo, la posición de las manos, hombros, rostros, bocas, ojos… transmitían todo un lenguaje de signos plenos de significados. La pose era vital y el gesto, todo.

Paul Iribe, hijo de un ingeniero vasco de nombre completo Iribarnegaray, nació en Angulême (1883-1935). Empezó a trabajar para Paul Poiret en 1908 y retrató la época de los años 10 en base a unas mujeres liberadas del peso y ataduras de generaciones anteriores. Su influjo fue notable en numerosos ilustradores de moda, incluidos Sáenz de Tejada y García Benito, más jóvenes. Su capacidad creativa fue más allá de la ilustración y el cartelismo, al incluir mobiliario, tejidos y decoración interior de casas de lujo; una vez instalado en Hollywood desde 1915, en los años 20 trabajó para la industria del cine, diseñando espectaculares decorados para la Paramount y vestuarios de películas, como Los Diez Mandamientos, de Cecil B. DeMille (1923). Su estilo como ilustrador bebe directamente del modernismo, “art-nouveau”, con fuerte influjo de la ilustración japonesa. Falleció de un ataque al corazón mientras jugaba al tenis en la casa de Coco Chanel, su amiga y protectora en los últimos años, en la Riviera francesa.

Por su parte, René Gruau (1909-2004), italiano, fue el constructor de la imagen de Christian Dior, sobre todo. Pertenece al tiempo en que la máquina fotográfica no hacía necesaria ya la mano y la mirada del ilustrador, como en tiempos anteriores, una máquina que, si bien recogía adecuadamente información sobre telas, formas, texturas y colores, sin embargo no llegaba a transmitir la esencia de la sofisticación y la elegancia entendidas desde el punto de vista de la simplicidad y el buen gusto. Para esto, Gruau era insuperable, pues lograba captar lo que ninguna fotografía podía, un aliento, haciéndolo además con una gran economía de gestos, trazos fluidos, líneas audaces y composiciones inesperadas. También diseñó para otros creadores, aparte de Dior, e incluso lo hizo para el cine. Su cartel para La Dolce Vita, de Federico Fellini, es memorable.

 

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Homenaje a Jesús del Pozo.

El pasado martes, día 14, se celebró un acto en “Homenaje a Jesús del Pozo” en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura (ETSAM) de la Universidad Politécnica de Madrid. El acto estaba impulsado por Enrique Loewe, al frente de una Comisión organizadora, y con el apoyo de una veintena de entidades y organizaciones vinculadas al sector de la moda española, entre las que se encontraba Cristóbal Balenciaga Museoa.

El Salón de Actos del edificio diseñado por el arquitecto Pascual Bravo Sanfeliú e inaugurado en junio de 1936 fue el marco elegido para este reconocimiento del mundo universitario hacia el creador fallecido el año pasado. El austero y frío clasicismo del lugar quedó diluido por la cálida y multitudinaria concurrencia de amigos y admiradores de Jesús reunidos allí. El hecho de que el acto se oficializara en la Escuela de Arquitectura le otorgaba una nobleza y un simbolismo que a nadie se le escapaba, al tiempo que reforzaba la idea de un Jesús del Pozo como Arquitecto de la Moda, expresión repetida por varios de los intervinientes.

A todo gran diseñador se le han atribuido cualidades  arquitecturales, ahora a Jesús del Pozo y antes, no lo olvidemos, a Cristóbal Balenciaga. En efecto, Arquitectura y Moda son disciplinas colindantes: ambas exigen de una “construcción”, ambas sirven para “habitar”, ambas generan volúmenes y texturas, espacios llenos y vacíos, ambas requieren siempre materiales, y “estructuras” de refuerzo en ocasiones…

Bajo la vidriera art-decó, dibujada por Alberto Martorell y realizada por la Casa Maumejean, se sentaron algunos de los impulsores del acto: el Rector de la Universidad Politécnica y Presidente de FUNDISMA, Javier Uceda, el Director de la ETSAM, Luis Maldonado, el Presidente de la Fundación Loewe, Enrique Loewe y otros participantes. Mencionaré lo que más me llamó la atención de un acto en el que, como era lógico, abundaron los elogios merecidos, pero donde asimismo hubiera sido bien recibido, por lógico y esperable en un ambiente académico como aquel, un mayor análisis reflexivo sobre la creaciones del modisto madrileño. Sospecho que Jesús hubiese preferido más de estos segundos que de aquellos primeros, pero todos estuvieron bien.

Luis Casablanca, Doctor en Bellas Artes y autor de una tesis en la que vincula a Mariano Fortuny con Cristóbal Balenciaga y, a su vez, a estos dos con Jesús del Pozo, fue el único que estableció algunas consideraciones filosóficas en torno a la indumentaria del homenajeado. Al final del acto me acerqué a él para pedirle un ejemplar de su tesis, pero no está publicada. Quedó en remitir al museo de Getaria una copia informática.

Vicente Verdú, escritor lúcido en sus escritos sociológicos en torno a la cultura de masas, improvisó unas palabras en las que vinculó Moda y Arquitectura a través de sí mismo, pues recordó que los primeros trabajos periodísticos que tuvo fueron, precisamente, crítica de moda y crítica de arquitectura. Y de ahí a su admiración por el homenajeado.

El arquitecto Alberto Campo Baeza, vecino de su taller en Almirante 9 principal -izquierda el modisto y derecha el arquitecto-, diseñador de sus espacios comerciales, repasó brevemente las características arquitectónicas de Jesús del Pozo, aunque quedando -como casi siempre sucede con estas comparaciones- en meras citas al “rigor constructivo” y a la “solidez estructural”, sin explicaciones demostrativas; quizás no era el momento..

Javier Vallhonrat, fotógrafo de Moda, fue el más brillante al rememorar recuerdos sobre su vecino de la calle Almirante y sobre la emoción que sintió al quedar a solas con una colección de vestidos de Jesús cuando éste le pidió por primera vez que se la fotografiara. En tono intimista, reveló una profunda relación personal y profesional.

La directora de la revista Marie Claire, Joana Bonet, leyó un texto bien trabajado, con palabras cinceladas, de naturaleza poética y evocadora, escrito con una sensibilidad a flor de piel. Breve, intenso, penetrante y literario; directo al corazón.

Pilar del Castillo, Ministra de Educación, Cultura y Deporte (2000-04), y Modesto Lomba, Presidente de la Asociación de Creadores de Moda de España, cerraron un acto al que también estaba previsto acudiera Juan Gatti, fotógrafo y artista, pero que finalmente no pudo asistir.

Si el comienzo del acto tuvo lugar con una interpretación a coro del tradicional y académico Gaudeamus Igitur y el colofón lo puso una actuación del chelista Iagoba Fanlo, Catedrático del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, como piezas musicales ajustadas al carácter del lugar y la relevancia del homenaje, creo que una canción interpretada por Ana Belén, que ha vestido regularmente con piezas diseñadas por su homenajeado amigo, hubiese estado más cerca del personaje.

El diseñador de moda concedió tiempo atrás a la revista mexicana Código 59 una entrevista en la que a la pregunta “¿Quién fue tu inspiración para dedicarte a la moda?“, respondió “Admiro mucho a Cristóbal Balenciaga. Él es el maestro indiscutible de la moda española. Creó una escuela de la que todavía bebemos muchos diseñadores dentro y fuera de nuestras fronteras. Otro referente es Christian Dior por su atemporalidad y la vigencia de su trabajo, tan personal“.

En otros momentos Jesús del Pozo dijo “Para mí la elegancia es algo más discreto, más sensual, más interior y personal”, y también que “es esencial la coherencia, la armonía y la funcionalidad. La moda debe facilitarnos la vida“. No caben dudas acerca de que él logró plasmar materialmente en repetidas ocasiones esa idea suya acerca de la elegancia y de la vida.

 

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La Fiesta del Siglo

La noche del 3 de septiembre de 1951 numerosos invitados ataviados en magníficos trajes acudían en Venecia a una de las mas memorables y suntuosas fiestas “jamás acontecidas”. Un baile de máscaras celebrado en el Palazzo Labia, propiedad del multimillonario, coleccionista de arte y conocido excéntrico de origen vasco-mexicano Carlos de Beistegui y de Yturbe. El suntuoso acontecimiento había sido bautizado por su anfitrión como Le Bal Oriental, aunque los innumerables medios internacionales que cubrieron con detalle el evento prefirieron el sensacionalista título de La Fiesta del Siglo, y este ha sido frecuentemente denominado desde entonces como Le Bal Beistegui.

Carlos de Beistegui caracterizado para su gran fiesta

La gran fiesta de Beistegui venía a completar una larga lista de fastuosos eventos que imitaban el estilo de los grandes bailes del siglo XVIII, revivido en el siglo XIX, y recreado en el siglo XX por célebres aristócratas como Étienne de Beaumont o Marie-Laure de Noailles, entre otros. Sin embargo, no cabe duda de que el esplendor y extravagancia del acontecimiento superaron con creces los de sus mas inmediatos predecesores, y resulta igualmente evidente que aquellos que le sucedieron en el arte de la fiesta, como el marqués de Cuevas o Marie-Hélène de Rothschild, fracasaron en sus refinados intentos por superar a Beistegui.

Lady Diana Cooper como Cleopatra

Beistegui, que contaba con una fortuna aparentemente inagotable, adquirió el Palazzo Labia en 1948 y desde entonces se dedicó en cuerpo y alma a restablecer su antiguo esplendor barroco. Guiado por su excelente gusto y profundo conocimiento del arte, adquirió obras de grandes maestros como Raphael, Annibale Carracci o Guido Reni, así como tapices y mobiliario procedentes de vecinos palacios venecianos desafortunadamente caídos en desgracia a principios del siglo XX. Sin embargo, fueron los frescos originalmente realizados por Tiepolo en los techos del suntuoso salón de baile, con escenas de las vidas de Cleopatra y Marco Antonio, los que inspiraron a Beistegui a la hora de organizar la gran fiesta que reabría su renovado y magnífico palacio.

Patricia López-Wilshaw de emperatriz china

Tal y como describe Cecil Beaton (uno de los ilustres invitados y el responsable de fotografiar el evento para Vogue), “su propósito era dar una fiesta en la que Antonio y Cleopatra, tal y como están pintados en su gran salón, recibían al emperador de China y su corte, los embajadores de Turquía, Persia y Rusia, y a los invitados, en general, que habían de presentarse representando figuras tomadas de la literatura, pintura e historia de la época. No fue permitida ninguna incoherencia en aquel escenario alumbrado por candelabros. Las flores y el resto de los adornos fueron dispuestos según documentos del siglo XVIII, y comoquiera que se pidió a todos los invitados que llegasen en góndolas mejor que en lanchas de motor, las escenas del exterior, así como las del interior del palacio, produjeron la impresión de un Canaletto vuelto a la vida”.

Jacques Fath y su esposa como Luis XIV y la reina María Teresa

Las numerosas imágenes que nos han llegado de esta brillante noche dan muestra del grado de cuidado y lujo que imperó en aquella fiesta. En la interminable relación de invitados destacaban aristócratas como el príncipe de Faucigny-Lucinge, el duque Fulco di Verdura, el conde Sforza o Lady Diana Cooper; multimillonarios como Barbara Hutton, y Arturo y Patricia López-Willshaw; artistas y escritores que incluían a Paul Morand, Orson Welles, Leonor Fini y Salvador Dalí; y una pléyade de celebridades, de ocupación desconocida, que habitualmente protagonizaban la intensa vida social de París, Londres o Nueva York. Todos ellos asistieron engalanados con trajes y vestidos realizados por los mas reputados creadores de alta costura del momento, como Christian Dior, Jacques Fath (que asistió acompañado por su elegante esposa Geneviéve, ataviados como Luis XIV y la reina María Teresa), Pierre Cardin o el propio Cristóbal Balenciaga, que diseñó los trajes de algunas de sus mas fieles clientas, como Barbara Hutton. Sin duda, el profundo conocimiento de las modas históricas, y mas concretamente la fascinación que sentía por la indumentaria del siglo XVIII, hicieron que este particular encargo constituyera no solo un placer sino una agradable fuente de inspiración para el maestro.

Son muchos los que consideran la fiesta de Beistegui como la primera gran celebración acontecida en Europa tras las privaciones de la Segunda Guerra Mundial. Aunque también podría interpretarse como la última fantasía de un excéntrico millonario en un mundo ensombrecido por los problemas de la reconstrucción y las tensiones de la Guerra Fría. Tal y como observó Paul Morand, “Qué estimulante poder observar tan magníficos placeres en medio de una Europa empobrecida, respaldada únicamente por el Plan Marshall. Y poder disfrutar de espléndidos espectáculos que no debemos ni a una tía, ni a un espía, ni a la Coca Cola Corporation”. Sin duda, todo un ejercicio de escapismo protagonizado por aquellos que podían permitírselo, celebrando un mundo de lujo y fausto que tenía los días contados.

Salvando las distancias con la Europa de la posguerra, y haciendo gala del sentido del humor en tiempos duros (también en lo que a climatología se refiere), nosotros también podremos evadirnos y evocar (lamentablemente, no reproducir) los grandes bailes de máscaras como el de Beistegui en las próximas fiestas de carnaval. Veremos quien se anima a hacer de Cleopatra y Marco Antonio…

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Carnaval: la oportunidad de ser otro.

En realidad, vamos disfrazados todo el año, o no lo vamos en absoluto. Se concede a la festividad del  Carnaval el privilegio de ser el día en que nos podemos ocultar tras un disfraz o una máscara para pretender que mágicamente despistamos al mal, ahuyentamos los miedos, nos burlamos de nuestros enemigos o durante unas horas somos aquello que, en nuestros deseos más profundos, ansiamos ser. Con el disfraz nos teatralizamos, convirtiéndonos en la persona o personaje que cede las riendas de nuestra conducta, dando paso a la desmesura, a lo no controlado por las medidas.

En otras épocas el disfraz carnavalesco era el medio, al alcance de cualquiera, que se utilizaba una vez al año para borrar las huellas más obvias de quiénes éramos y comportarnos del modo en que bajo ninguna circunstancia lo haríamos. El Carnaval ofrecía una licencia temporal para ocultamiento individual estando en público y para dar paso a la persona que no éramos sin que por ello cambiáramos. El asunto venía de la época en la que los excesos eran severamente reprimidos y las pasiones rigurosamente controladas durante todo el resto del año. Estableciendo un paralelismo con las primeras semillas que brotaban en la Naturaleza, anuncios de la cercana primavera, los seres humanos dejaban brotar deseos y fantasías sumergidos dentro de sí, muy adentro. 

Se dice todo eso como una explicación al alcance de la mano que recurre a mitos latinos o celtas vinculados con los cambios estacionales del año. En su origen así parece que fue y que la Iglesia Católica recicló la festividad para su uso uniéndola al comienzo de los cuarenta días de ayuno carnal previos a la Semana Santa. En realidad, el disfraz y la máscara actuaban en otras épocas como ciertas drogas lo hacen en la presente: liberaban ataduras mentales y posibilitaban comportamientos desinhibidos.

Hoy casi cualquier persona pueda vestirse como quiera sin que nadie le reproche la conducta y es habitual aceptar que el aspecto y el comportamiento de las gentes se rigen por valores que no permiten deducir el uno por medio del otro, o viceversa, que “como se viste así su comportamiento debe ser éste” o “como su actitud es tal por ello su indumentaria tiene que resultar cual”.

La democratización en el vestir que tuvo su inicio con la Alta Costura (los adinerados se podían pagar la libertad de la apariencia que subrayaba su individualidad) ha alcanzado a todos los estamentos y la libertad es ya general. ¿Qué sentido tiene, por tanto, vestirse de lo que no se es, un día al año, si cualquiera puede ataviarse en cada momento como le apetezca (lo que se cree que es, lo que se quisiera ser, lo que se pretende dar a entender que es)? La uniformización de la apariencia circula en sentido contrario al de la libertad de elección y al individualismo democrático. En este sentido, la oferta del mercado ha ampliado nuestro campo de elecciones hasta su máxima potencialidad, ya no hay límites y la disponibilidad económica tampoco lo es, sí puede serlo para vestir un traje de Armani, de acuerdo, pero no para singularizarse.

Hace años cuando se veía a alguien vestido con una acusada personalidad se decía “Y ese, ¿de qué está disfrazado?”; ahora, sin embargo, contemplamos con lástima a los que portan la corbata corporativa o el terno de oficinista y pensamos “va disfrazado de ejecutivo o de vendedor…”, mientras miramos con respeto -aunque quizás también con desacuerdo- a quien ha tomado sus decisiones de indumentaria sin convencionalismos restrictivos y tras haberlo pensado detenidamente. La parte maravillosa de la moda actual es que nos ofrece la oportunidad de reforzar y remarcar nuestra identidad, en pugna o no con otras identidades. Lo habitual en nuestra sociedad es que pugnen, y mucho, sobre todo en determinados ambientes -cada vez más abundantes- en los que la marca identitaria y singular es altamente valorada. El estilo es una actitud, se dice con razón. ¿Disfrazarse para qué?, no es preciso esconderse ni enmascararse, no hace falta buscar refugio en unas pocas horas al año si se puede ser en todo momento uno mismo quien es. Aquella oportunidad liberadora y pasional se ha convertido en la actual farsa festiva y comercial.

Desde el instante en que somos conscientes de que vestirse es apropiarse de una piel que no es la nuestra natural para presentarnos ante los demás con un envoltorio más atractivo, seductor, agradable o más de acuerdo con lo que pensamos que nos favorece, deberíamos concluir que o bien estamos todos disfrazados permanentemente o bien ya no lo vamos nunca ni necesitamos hacerlo, salvo para burlarnos de nosotros mismos.

En relación con el vestirse para ser otro cabe recordar la fiesta que el millonario mexicano de ascendencia guipuzcoana Carlos Beistegui dio en su palacio de Venecia, el Palazzo Labia (S. XVIII, situado en el encuentro del Gran Canal y el Cannaregio), en 1951 y que fue llamada “la fiesta del siglo”. A ella acudieron los más célebres famosos, ricos, artistas y bon-vivants europeos de la época. En esta fiesta se produjo el lanzamiento original de Pierre Cardin, quien diseñó alrededor de 30 vestidos de personas inmersas en la “dolce vita” local. Christian Dior y Salvador Dalí se diseñaron, el uno al otro, los vestidos que llevaron.

Nina Ricci también estuvo implicada y Cecil Beaton fotografió a los encantados participantes en un ambiente de alegría mundana que rememoraba el fasto anterior a la caída de la república veneciana a finales del siglo XVIII, no exento de un toque surrealista. Entre las asistentes se encontraba la norteamericana Barbara Hutton, transfigurada por Balenciaga y muchos de cuyos vestidos diseñados por éste se conservan y exponen en el museo de Getaria.

(Publicado en El Diario Vasco, el 12 de Febrero de 2012).

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Historia y Tradición.

El 19 de Noviembre de 2010 se inauguró en Queen Sofia Spanish Institute, de Nueva York, una exposición  titulada Balenciaga: Spanish Master que contenía alrededor de setenta piezas del diseñador de Getaria, básicamente de los años 50 y 60. La exposición sirvió, en otras cosas, para recordar en el ámbito norteamericano el papel clave desempeñado por Balenciaga en el desarrollo de la Alta Costura de mediados del siglo XX.

Tanto la exposición como el libro publicado (Skira Rizzoli) por este motivo estaban organizadas temáticamente: “Arte español”, “Corte Real”, “Vida religiosa”, “Baile”, “El toreo” y “Traje regional”. En cada una de dichas secciones se exponía y explicaba la influencia que esos temas habían ejercido en el diseñador vasco. Reproducciones de pinturas de Velázquez, Zurbaran, Goya y Miró acompañaban en la primera sección a vestidos en los que se podía apreciar cercanía formal o material, unas veces, o una misma sensibilidad, otras ocasiones.

De un modo semejante trascurren las siguientes secciones, con paralelismos sorprendentes traídos de la mano de pinturas del Greco,  Pantoja de la Cruz, Zuloaga, Sorolla y fotografías de Ortíz-Echagüe, entre otros, de todo lo cual cabe concluir que la Historia y la Tradición resultaron elementos pilares en la creatividad de Balenciaga, sin que fueran, en todo caso, sus únicas fuentes de influencia.

El comisario de la exposición fue Hamish Bowles, autor de diversas publicaciones relacionadas con la revista Vogue, de la que fue editor europeo, y fue responsable en The Metropolitan Museum, de Nueva York, de la exposición Jacqueline Kennedy: The White House Years. Bowles escribió el único texto de la publicación, donde resumió los datos esenciales conocidos sobre Balenciaga para recordárselos al público estadounidense.

La mayor parte de la publicación recoge los paralelismos antes mencionados y es aquí donde se intuye que el comisario desplegó su mayor esfuerzo y la semilla sembrada por él en unos breves surcos descubre la realidad de un campo mucho más amplio a investigar en el futuro.

Uno de los paralelismos que más me ha llamado la atención es el que plantea entre un dibujo de Luis Paret, llevado a grabado, en el que se representa a una “ciudadana de Bilbao” vestida con capa-abrigo combinada con una falda larga de cierto vuelo, ambas negras pero de diferentes tonalidades, en relación a un modelo de abrigo de noche en seda tafetán negra que Balenciaga presentó para la temporada de verano de 1951.

Bowles tomó la imagen de Paret del libro para el cual él y otros artistas escudriñaron las diferentes maneras de vestir en la España de finales del siglo XVIII. Ese libro es la Colección de trajes de España tanto antiguos como modernos, que comprehende todos los de sus Dominios: Dividida en dos Volúmenes, con ocho quadernos de á doze estampas cada uno, editada en Madrid, Casa de M. Copin entre 1777 y 1788 como una iniciativa del grabador Juan de la Cruz Cano. Aunque Bowles data la imagen en torno a 1900, Paret la realizó durante sus años de destierro en Bilbao, esto es, 1781-1786. Bowles utiliza diversos grabados de esta Colección de Trajes… para establecer paralelismos con otras piezas de Balenciaga. Ninguno de esos otros grabados es de Paret, pero éste en cambio sí realizó más dibujos para la Colección de Trajes…, siempre contemplados en Bilbao o en sus inmediaciones (incluyo dos de ellos al final de este texto, “Criada de Bilbao” y “Aldeana de los alrededores de Bilbao”).

Observando con detenimiento ambas imágenes seleccionadas por Bowles, comparando las similitudes y diferencias, es posible establecer algunas consideraciones acerca de la Tradición y la Historia como fuentes inspiradoras, y sobre los conceptos de creatividad e innovación como impulsos generadores de ideas. La Historia contiene lo singular ya acontecido que posee comienzo, desarrollo y final concretos, si bien sus consecuencias se prolonguen -siempre lo hacen, de una u otra manera- hasta la actualidad. La Tradición es la parte de la Historia que se mantiene activa y viva hasta el presente, repitiendo conductas que proceden de un momento impreciso del pasado. Cuando Balenciaga se inspira en Velázquez lo hace, indudablemente, en una Historia culta, pero cuando se basa en las imágenes fotográficas de Ortíz-Echagüe actúa a partir de la Tradición popular (eso sí, una tradición a punto de desaparecer). En ambos casos, Balenciaga no copiaba sino que aspiraba el aire de la creación anterior a él, absorbía su esencia, la hacía suya y la destilaba en una innovación.

Innovación, según el Manual de Oslo, es aquella novedad que tiene una utilidad social. Si crear es producir intencionadamente novedades eficaces para realizar un proyecto imaginado por una capacidad emprendedora que posee la virtud del inicio (la perseverancia sería la virtud de la continuación), podemos afirmar que Balenciaga poseía la cualidad del emprendimiento -muy cercana al carácter y la personalidad-, la capacidad de la creatividad -no todo emprendedor es creativo- y la facultad de la innovación. Emprendedor, creativo e innovador, precisamente lo que hoy se demanda en lo social y lo económico.

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Barcelona se impulsa.

A lo largo de la semana pasada -y hasta el sábado- se dieron en Barcelona una serie de circunstancias que hablan del empuje que esa ciudad está dando a la moda y sus entornos, un comportamiento que sería deseable que, en su escala, se reprodujera en otros lugares con aspiraciones semejantes a las de la ciudad condal, esto es, centralidad en el diseño, oferta innovadora y diversificada, visibilidad más allá del territorio inmediato y plataforma eficaz de pensamiento y nuevas ideas acerca del discurso de la moda.

En primer lugar, el viernes 27 la inauguración de la Cátedra Pierre Cardin en la ESCAC (Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña). Con este motivo Cardin (San Biagio di Callalta, Veneto, 1922) dio una conferencia en el Aula Magna de la Universitat de Barcelona, en la que, a sus 89 años, entre divertido, relajado y espontáneo, disertó sobre su devoción por las artes escénicas y acerca de sus recuerdos sobre ciertos artistas como Salvador Dalí o Marlene Dietrich. A recordar que este hombre abrió en 1971 el Espace Cardin, un relevante centro cultural y teatral en donde se han estrenado textos de gente como Pier Paolo Pasolini y Peter Handke, entre otros, y en donde ha gastado enormes cantidades de dinero sin otro objeto que satisfacer su pasión por el escenario.

Además de lo anterior, Cardin clausuró la pasarela 080 Barcelona Fashion, una especie de semana (del 25 al 28) de la moda que pretende recuperar el esplendor de la antigua Pasarela Gaudí. Custo, Mango y Desigual, más TCN, constituyen la sólida base local sobre la que quiere crecer, aunque Custo no estuvo aquí sino que reinó en la feria que se cita en el siguiente párrafo. 080 tuvo lugar en el Salón del Tinell (Palau Reial Major), el mismo donde los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón tras su primer viaje a América. El alcalde Trías aseguró que Barcelona volverá a ser en la moda lo que fue en otro tiempo; es de suponer que no estaba pensando en Isabel y Fernando…

Item más, The Brandery celebraba su sexta edición como feria, más madura y convencida de su papel actual y futuro; presentó las marcas de moda urbana,  los buyers nacionales e internacionales y los visitantes profesionales comparten espacio con exposiciones, catwalk, muestras, concursos, congresos de bloggers, conferencias de gurús del marketing y de nuevas tendencias….todo, y todo al mismo tiempo en The Brandery, que tuvo lugar entre los días 27 al 29, configurando un conjunto de 135 marcas, (30% extranjeras). Brandtown era una sección abierta al público general con un horario especial de tarde-noche. Este espacio contó además con la presencia de empresas de moda que dieron a conocer la cultura de su marca directamente al cliente final en un ambiente dinámico, fresco y creativo. Cada tarde-noche, el Brandtown se convirtió en el escenario de los conciertos organizados por Advanced Music (Festival Sónar), dejando así que el salón bailara a ritmo de house, funk o pop electrónico. Actuaron grupos de primer nivel como 2manydjs, Fangoria, Dorian, Undo, Buenavista y The Zombie Kids. Un ejemplo perfecto de cómo mezclar cuestiones distintas, pero próximas, sin molestarse. Naturalmente, hubo mucho más.

En todo caso, lo que personalmente me interesó más fue el festival ASVOFF (A Shaded View on Fashion Film, entre los días 24 y 27), ideado e impulsado por Diane Pernet, crítica de moda, periodista audiovisual y fotógrafa, y que, además de acontecer en París anualmente, tras discurrir por diversas ciudades en ediciones anteriores, parece que recala en Barcelona con voluntad de permanencia. Desde su lanzamiento, ASVOFF es el instrumento ideal para promocionar un nuevo género creativo, el “cine sobre moda” o “fashion film”. A través de esta plataforma, se difunde el trabajo de aquellos directores que trabajan en el mundo de la moda a través de la imagen en movimiento. ASVOFF se ha ganado el apoyo de la crítica por promocionar tanto a artistas jóvenes como ya consagrados, por reconsiderar el modo en que la moda se ha presentado y por desafiar los parámetros convencionales del cine.

Los puntos culminantes de ASVOFF fueron (1) la mesa redonda en la que intervino Glenn Adamson, director de Investigación del Victoria & Albert Museum, y la artista Alicia Framis, entre otros, (2) la sección Feminist Fashion Film Now!, un programa de cortos (60 minutos) que cortaba la respiración, comisariada por Alex Murray-Leslie y Melissa Logan y, sobre todo, (3) la brillante intervención de clausura de Linda Loppa, directora de Polimoda International Institute of Fashion, Design and Marketing, con el título de “Visión / Visionnaires”. A destacar igualmente (4) la conversación ante el público (numerosísimo en todas las sesiones) que la donostiarra Lorea Iglesias tuvo con Diane Pernet en torno a la sección comisariada por la vasca, Mobile Fashion Film, acerca de las posibilidades del mobile art. También hubo algún fiasco, como la película The murder of Jean Seberg, de Joseph Lally, pretenciosa y sinsentido. ¡Qué lástima, yo adoraba a Jean Seberg! No me gustó nada ver esta alucinación.

Una magnífica semana, un placer para los sentidos, un ejemplo de promoción y difusión a imitar (cada cual en su escala, por supuesto).

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Taller de maniquíes.

El maniquí ha suscitado un enorme interés en numerosos artistas a lo largo del tiempo, un interés basado tanto en la posibilidad de utilizar el objeto como parte de una construcción escultórica más amplia como en el uso de su imagen para referirse a lo humano, pero desde un punto de vista artificioso y fantasmal. Fue, sobre todo, con el comienzo de las vanguardias de principios del siglo XX cuando esta atracción adquirió una visibilidad notable; los pintores metafísicos y los surrealistas obtuvieron grandes resultados y hallazgos con su manejo. Hans Bellmer, Giorgio de Chirico, Max Ernst, Oskar Schlemmer o José Gutiérrez Solana, entre otros,  sintieron fascinación por ese cuerpo sin vida, esa vida estática, esa estatua vacía y carente, en principio, de artisticidad, puesto que su destino no era el de ser arte, sino soporte para el arte. Sin embargo, en estas antropomorfías utilitarias los artistas supieron ver significados que iban mucho más allá de la función para la que estaban destinadas y encontraron en ellas un trasunto del individuo contemporáneo, una metáfora del ser humano carente de voluntad, hueco de deseos e inteligencia, un muñeco de tamaño inquietantemente natural que, a base de no decir nada, terminaba interpelando al observador.

Al margen de lo anterior, digamos que un museo como el dedicado a Cristóbal Balenciaga necesita muchos maniquíes, muchos y no cualesquiera. Todas las prendas de Alta Costura deben ser presentadas al público en maniquíes no visibles y ajustados exactamente a las medidas de cada vestido, las que tuvo la mujer para la cual fue confeccionado. Esto significa que los maniquíes estándar no nos valen, en primer lugar porque se hacen muy patentes, compitiendo visualmente con la pieza, y en segundo lugar porque raramente se ajustan con exactitud a las medidas de los vestidos, lo que -de utilizarse- provoca tensiones u holguras que dañan los tejidos o perjudican la visibilidad correcta de las prendas.

De ahí que cada vestido de Cristóbal Balenciaga deba ser mostrado en un maniquí que se adapte con precisión al diseño que lo configura, tanto en las formas como en las medidas. Así se logra que la indumentaria se presente como una obra de arte pura, sólo su morfología sin la artificiosidad de unos brazos inertes, una cabeza simulada o unas piernas que no son, únicamente el tejido, sus colores y la manera en que el diseño construye la coherencia del vestido.

Se deduce de todo lo dicho que debemos construir / fabricar maniquíes que, por su singularidad, son esculturas que, al ser utilizadas, se vuelven invisibles para mayor protagonismo del vestido. Elaborar estos maniquíes no es una tarea sencilla, pues hace falta sentido de cálculo, habilidad manual, capacidad creativa y, finalmente, humildad para aceptar desaparecer tras una tela. No existen muchos especialistas y, debido a ello, los pocos que hay están muy solicitados. Es a causa de esta falta de profesionales y a las necesidades de este museo por lo que desde el Departamento de Conservación se ha organizado un taller específico.

Se trata de un curso -en su mayor parte práctico- dirigido tanto a profesionales que tratan con indumentarias en diferentes entornos (museísticos, comerciales, etc…) como a personas  (artistas, estudiantes de bellas artes, diseñadores…) que  utilizan la representación del cuerpo como un elemento a trabajar, esculpir, etc…

El curso se va a plantear desde la visión cercana a nuestras necesidades o a las de cualquier otro museo, apreciando el maniquí como un soporte adecuado que cumple con las exigencias de la Conservación Preventiva. El museo tiene una política expositiva según la cual estos elementos que se utilizan para exhibir la Colección propia no deben verse: adecuados a las medidas de la pieza,  casi simulando el cuerpo de la propietaria.  El soporte-maniquí  se recorta en el espacio para que sea indistinguible a los ojos del espectador.

Por ello, el material que se utiliza es cartón, ya que permite una manipulación fácil para el modelado, posibilita un recorte sencillo y mantiene una resistencia o rigidez suficiente como para  soportar el peso de la pieza durante  las exposiciones.

En el curso-taller se planteará llevar a cabo, por parte de cada alumno-asistente, el desarrollo del caso de una pieza concreta de indumentaria, desde su comienzo con la atribución de la silueta histórica que le corresponde hasta el planteamiento de la tipología de faldonaje necesario para la exhibición de la pieza.

Todo este proceso lo impartirá Berenguere Ruffin, especialista en soportes museográficos para el Museo del Traje (Madrid) y otros museos nacionales.  Los maniquíes de la exposición sobre Balenciaga del año pasado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao fueron realizados por ella. Su trayectoria comenzó con el equipo del Museo del Traje (Madrid), una vez decidida la tipología de maniquí que se consideró oportuna para el discurso expositivo, y ha proseguido su estancia en montajes y desmontajes de exposiciones temporales, así como en la rotación de piezas de su Exposición Permanente.

Este taller para un número limitado de alumnos se desarrollará en las instalaciones del Cristóbal Balenciaga Museo durante los días 17, 18, 19 y 20 de Enero. El plazo de inscripción está ya abierto. Esta especialidad laboral tendrá mucha demanda en el futuro.

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Fetichismo y mitomanía contra coleccionismo.

Esta también va de subastas, pero nada que ver con Goya, aunque no falte aquí -como se verá- algún componente de “capricho”. En realidad esta entrada aborda cuestiones como el embeleso fetichista, el coleccionismo salvaguardador y la economía desquiciada.

A finales del pasado mes de Noviembre salió a subasta en Londres un vestido de Cristóbal Balenciaga que perteneció a la actriz Elizabeth Taylor. Se trataba de un espléndido sari de seda dorada confeccionado para la temporada otoño-invierno de 1964 y que ella estrenó durante una premiere en el New Review Lido, de París, el 2 de Diciembre de aquel mismo año. La actriz fue fotografiada vistiéndolo y en compañía de Richard Burton, su marido, con quien acababa de casarse, y que en ese momento estaba interpretando La noche de la Iguana (John Houston, 1964), en tanto que ella -junto con él- acababa de obtener un éxito grandioso en el papel de Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963). Esto es, una pareja de jóvenes bellos, ricos y famosos viviendo su momento de profundo enamoramiento y, como culmen, magistralmente vestida ella por el más destacado representante de la Alta Costura parisina. ¿Qué más se le puede pedir a ese momento?

La actriz de los ojos violetas exhibía la seda dorada -tejida con motivos de hojas y capullos- de tal modo que parecía ceñirse en espiral a su cuerpo. Incluía una pieza en tubo sin tirantes con corsé granulado, completamente emballenado y sujeto por la espalda con tiras y corchetes, una cinturilla de seda dorada, la falda cortada al biés, el dobladillo acabado en pico/punta con apertura lateral adornado con un lazo, ribeteado con estráss, borlas de ámbar y cuentas de cristal claro. El cierre trasero, en diagonal, se lograba con un tachonado disimulado. La túnica, que iba por encima, estaba ribeteada del mismo modo, con cierres invisibles y con una banda de cuentas que le rodeaba el estómago, un dobladillo trasero en punta, más algunos nudos de seda a un lado que formaban una apertura de manga. Su pelo estaba organizado con trenzas y lazos entremezclados por las manos del destacado peluquero Alexandre de Paris. Llevaba un bolso de mano -clutch- dorado y zapatos dorados a juego. Ese año el busto de ella medía 95 cm. y la cintura, 61 cm.

Algún tiempo después, la actriz regaló el vestido a la esposa de Ernest E. Greenberg, quien fue representante artístico de ambos a mediados de los años 60. Esta mujer, que tenía unas medidas semejantes a las de Taylor, sin embargo, se vió obligada a adaptar el sari a su figura, lo cual transformó levemente el vestido. La casa de subastas esperaba que su remate se situaría entre las 30.000 y las 50.000 libras. Finalmente se quedó en 31.200 (36.500 € / 48.692 $). El comprador es desconocido.

En este museo dedicado a la figura y obra del creador de Getaria recibimos varios avisos sobre esa subasta y se nos preguntó si intervendríamos en ella para hacernos con la propiedad del sari. En cierto sentido, se puede decir que nos lo planteamos o, bueno, al menos que lo consideramos, es decir, que hicimos algunas consideraciones críticas al respecto. La adquisición directa no era posible porque no disponíamos de esa cantidad en el capítulo de compras. En todo caso, de haber contado con dinero no lo habríamos invertido en tal vestido porque existen otras prioridades en donde hubiesemos obtenido un rendimiento museístico mucho más necesario, si bien éramos consientes de que la compra del sari nos proporcionaría una publicidad derivada muy importante. Tanto como la que ha logrado el Museo de la Moda de Chile, que en esa misma subasta adquirió por 43.200 libras el vestido que Amy Winehouse lució para la carátula de su disco “Back to Black”. Ninguna otra pieza de la diseñadora tailandesa Disaya ha alcanzado semejante cotización y sólo se explica esa cifra por el hecho de que lo portara una cantante famosa, recientemente fallecida, en la portada de su existoso CD. Sin duda, la circunstancia de que la cantidad obtenida por este vestido estuviese destinada a una ONG dedicada a ayudar a jóvenes con problemas de drogadicción pudo ayudar a elevar el precio, pero si no hubiese sido por la fotografía de la carátula en ningún caso, ni de lejos, se hubiese aproximado a una suma tan alta, no alcanzada por las obras de diseñadores no menos relevantes y decisivos que Disaya, como el propio Balenciaga, Mariano Fortuny (maravillosas piezas de principios de siglo), Christian Dior, Hubert de Givenchy, Edith Head, Rei Kawakubo o Vivienne Westwood, de quienes también había piezas en la misma subasta. Y, evidentemente, los museos no gastan su dinero en adquisiciones altruistas para la redención de la juventud descarriada.

Así que publicidad, sí, importante, también, pero ¿buena? No se cuáles son los recursos y necesidades del Museo chileno, pero estoy seguro de que mucha gente ha mirado esa compra con desaprobación, generando una publicidad peyorativa para cierta clase de público. Hubiera sido comprensible ese gesto en un coleccionista privado mitómano, proclive a gustos y excesos explicables desde su particular personalidad, pero ¿un museo? No, desde luego, el Cristóbal Balenciaga Museoa. Nosotros no vamos a alimentar fetichismos ni el deslizamiento hacia la elevación desmesurada de los precios; trabajamos desde el interés público. Es seguro que, de haberlo adquirido y expuesto de inmediato a la contemplación del público, se hubiese dado una curiosidad enorme y las visitas se hubiesen multiplicado de manera notable durante unos cuantos días, pero eso es trabajar a corto plazo. Preferimos invertir ese dinero no en alimentar un fetichismo superficial (pan para hoy y hambre para mañana), sino en educar a largo plazo al público. De no ser por esa fotografía y esos seres cinematográficos el mismo vestido de Balenciaga hubiese suscitado la misma curiosidad de cualquier otro de los que ya existen en la Colección del Museo, es decir, una curiosidad cultural y no morbosa.

Resulta increible que en una época como la actual, con la crisis galopante que sufrimos, alguien gaste esa cantidad de dinero en algo no por la cosa en sí misma, sino por la imagen y el nombre (sobre todo el de su primera usuaria) que lo acompañan. ¿Crisis? No parece afectar a una minoría que invierte de este modo su riqueza. ¿Riqueza? A la vista de los constantes records que alcanzan en las subastas algunas obras de arte, parece que se pueda estar produciendo una nueva “burbuja” económica, esta vez en torno a los bienes artísticos y culturales. No se encuentra otra explicación. En otra subasta paralela a la anterior, dedicada a vender solamente las joyas que pertenecieron a Liz Taylor (incluída la famosa perla La peregrina), se esperaba recaudar por el conjunto 17’5 millones de euros; pues bien, el resultado fue el de 88 millones. “Crisis, what crisis?” Supertramp dixit.

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Un bordador real.

Hace unos días se conoció la noticia de que una importante pintura de Francisco de Goya no había suscitado el interés de ningún comprador por adquirirla. Se trata del Retrato de Juan López de Robredo, habiendo estimado la casa de subastas Christie’s que podría llegar a cotizarse entre los 4’6 y los 7 millones de euros. Siendo muy raro que obras de Goya aparezcan en el mercado internacional y dado que remates anteriores de pinturas suyas permitían conjeturar que, comparativamente, la valoración no era en absoluto disparatada, el asunto resultó ser muy significativo porque un óleo ejecutado por Goya de semejante calidad no había salido al mercado en muchos años y sorprendió que nadie estuviera dispuesto a pagar por ella. Algunos observadores achacaron el suceso a la fuerte crisis económica.

 

Algunas informaciones apuntaban que el retratado era el bordador de la corte de Carlos IV y, además de trabajar en telas y dibujos, era también el jefe de diseñadores de los vestidos del rey Carlos IV y la reina, María Luisa de Parma. Precisamente, Goya pintó su retrato justo cuando López de Robredo fue nombrado el jefe de diseñadores de la Corte, hacia 1798. Su padre también había sido bordador de la Corte y pertenecían, por tanto, a una dinastía de profesionales vinculados con la vestimenta y el adorno decorativo aplicado a vestidos y también a la arquitectura.

La casaca azulada y chaleco rojo que viste están profusamente decorados con sendos bordados dorados que señalan el oficio del personaje. En sus manos sujeta unos diseños en papel. El rostro representa la zona más iluminada del conjunto, destacando el carácter del personaje; nos mira con un gesto casi altivo, sin duda orgulloso de su importante cargo. Goya conjuga perfectamente los detalles de los bordados con la personalidad del retratado, ofreciéndonos una soberbia muestra de su genialidad como retratista. Las tonalidades oscuras dominan una composición en la que contrasta la claridad del rostro, resaltado aun más por el fuerte foco luminoso que impacta en su cabeza.

López de Robredo fue el primer bordador que empezó a firmar sus obras y solicitó al Rey el derecho a vestir un específico traje profesional, paralelo al que ya utilizaban pintores, escultores y diamantistas de Cámara, lo cual le fue concedido. Satisfecho de su reconocimiento como artista, solicitó a Goya que le retratara con dicho uniforme y llevando en las manos el diseño del mismo. En este personaje tenemos, por tanto, a un diseñador de vestidos y bordados que, por considerarse artista genuino, deseaba que se le reconociera como tal y no fue por vanidad -como se ha indicado en algún comentario introducido en la noticia de la subasta- por lo que pidió a Goya que le retratara, sino que Goya lo hizo porque ambos eran amigos, probablemente desde que coincidieron en el Real Fábrica de Tapices, el pintor entregando bocetos y el bordador trasladándolos al tejido.

Fue un luchador de su estatus profesional y logró que, en vez de pagársele por obra realizada, se le asignara un sueldo fijo, se le nombrara ayuda de Cámara y se le adjudicaran todas las obras de bordado del Palacio Real. Entre sus trabajos figuran vestidos para todos los miembros de la Real Familia, cortinas, colgaduras, tapicerías de mobiliario para un gran número de estancias de los distintos Palacios y Casas Reales. Entre todas sus obras, destacan el magnífico dosel bordado con el escudo real y grandes cenefas con candelieri sobre terciopelo de seda rojo, firmado y fechado en 1793, y los treinta y tres cuadros bordados de la Casa del Príncipe, de El Escorial, firmados y fechados en 1797, para los que tomó como modelos cuadros flamencos de las Colecciones Reales. Otros espléndidos trabajos suyos se encuentran en la Real Casa del Labrador, de Aranjuez.

También se conservan obras firmadas por Robredo en el almacén de telas del Palacio Real de Madrid, como el precioso conjunto de ocho hojas de cortina que el bordador realizó en 1793, para el Oratorio de María Luisa de Parma en el citado Palacio. El tejido que sirvió de base para los bordados de Robredo fue un gro moaré de color crudo servido por la Real Fábrica de Talavera, el forro de tafetán entredoble se compró a Vicente Merino, y el delicado fleco peñasquino de seda fina blanca con sus flores labradas de varios matices de seda y las abrazaderas fueron una preciosa labor del cordonero Bernabé Arroyo. Por su parte, Robredo compuso su magnífico bordado a base de variados candelieri, en alternancia con mascarones y tondos con pequeños paisajes en el interior, todo ello en tonos lilas, rosas y blancos, circunscribiéndolo, solamente, a las anchas cenefas perimetrales de las cortinas, según la moda de la época. Debo todos estos datos al estudio realizado por Pilar Benito García, “El Oficio de Tapicería del Palacio Real de Madrid”, Arbor, Mayo de 2001, pp. 193-219.

Las paredes de la Sala de Bordados de la Casita del Príncipe contienen treinta y tres pequeños cuadros bordados al matiz en seda y oro, obra firmada con aguja e hilo por Juan López de Robredo. Estas labores meticulosas, que incluían el tapizado de las banquetas, se extendieron de 1795 a 1798, y su coste alcanzó la exorbitante cifra de 538.554 reales y 17 maravedíes de vellón, en su mayor parte destinados a los “diez y nueve mil doscientos ochenta y siete jornales que se han empleado en bordar los quadros con todo esmero y eficacia, de seda, las guarniciones de oro, y los marcos, todo hecho con sumo cuidado” y a las “cinco mil ciento setenta y dos [h]oras además de los jornales que se hecharon [sic] a razón de quatro r.s para q.e pudiese tener acavada la obra en este mes (de marzo de 1798)”.

Todo esto viene a cuento de la frustrada subasta del cuadro de Goya, sí, pero también al hecho de que Cristóbal Balenciaga, que tanto amó la pintura española y tantos motivos de inspiración halló en ella, pudo encontrarla también en algunos trabajos bordados de este diseñador de trajes Reales e ilustre predecesor suyo.

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